La Pobreza Necesaria

EL ETERNO ENFRENTAMIENTO
Si la distinción entre ricos y pobres y su extrapolación a la diferencia de clases marcaron el inicio del socialismo, tras la caída del muro y el derrumbamiento de la falacia soviética, la perpetuación de dicha desigualdad marca hoy su supervivencia no tanto como ideología sino como instrumento para la obtención y conservación del poder.
Toda vez que el fracaso de su realización práctica no supuso en la izquierda internacional una revisión de sus postulados el socialismo sigue anclado en el discurso virulento sobre la desigualdad económica como el asiento más firme donde aferrarse. Y no deja de ser lógico pues pocos espacios encontrará más propicios para desplegar la demagogia y justificar el intervencionismo.
Al realizar una triple identificación pobre-trabajador-bondadoso que oponer a su particular eje del mal rico-capitalista-malvado, la izquierda establece el dogma para después preocuparse únicamente de su perpetuación. El conflicto ha de permanecer y para ello no encuentran mejor arma que la intervención pública, la asistencia paternal del Estado. O dicho de otro modo, ante la pobreza, caridad. Sólo caridad. Porque más allá de la ayuda encontrarían la solución del problema, la superación del conflicto. Y con ello el final de su discurso.
¿POBRES?
Más preocupados por la tranquilidad de su conciencia que por la eliminación de la pobreza, la actitud socialista ante la contemplación de la escasez empieza y acaba en la limosna. Pero visto así, la cuestión no pasaría de la bondadosa ingenuidad de quien, incapaz de aportar soluciones, sólo ve a su alcance la posibilidad de paliar, siquiera temporalmente, las necesidades ajenas con su óbolo.
El problema del socialismo actual viene cuando se ve obligado a desvirtuar el concepto de miseria para mantener su andamiaje existencial. Y lo hace eliminando el concepto de necesidad a favor de una única categoría, la pobreza, cajón de sastre que se establece como referente negativo en oposición a la riqueza de tal forma que sólo es necesaria la existencia de alguien más rico para ser considerado pobre. La marca del coche, las pulgadas del televisor o los ingredientes del estofado son índices suficientes para medir el enfrentamiento clasista.
Con esta perversión se obvia el que sí es un desequilibrio importante, el existente entre necesitados y no necesitados, y se hace únicamente en virtud del rendimiento político y el vacío ideológico. Porque para el mendigo hambriento y el oficinista hipotecado el socialismo plantea una misma respuesta, la intervención estatal, que ni alimenta del todo al primero ni alivia en mucho al segundo pero eso sí, le permite emplear la demagogia en el debate. Así, ante los beneficios que, por ejemplo, una sanidad privada otorgaría al trabajador, el socialismo salta como un resorte reclamando asistencia al mendigo. Y a su vez, si se afirma que ciertas medidas asistenciales serían mantenidas para los más menesterosos, se reafirma en la bondad del intervencionismo generalizado. Consciente de que el concepto de necesidad es circunstancial y solucionable, se prefiere la generalización de la pobreza como estamento permanente y mal incorregible cuya única salida es la subvención establecida como forma de vida y no como auxilio.
Porque en la pervivencia del pobre como elemento necesario en el enfrentamiento social encuentra la izquierda la razón de su existencia. Probablemente, su única razón de peso ante la ausencia de otro referente y la constatación histórica de su fiasco como modelo de gestión.
EL DESPRECIO DE LAS IDEAS
Y con todo, la izquierda ha demostrado habilidad para sustentarse en el barro teórico. Convirtiendo la ideología en una dispensa que le exime de la carga probatoria el socialismo actúa desde una pretendida superioridad intelectual frente al contrario reaccionando siempre en negativo. Libres del examen de la eficacia su única política consiste en la descalificación del adversario y la acción por oposición. Y este comportamiento ha demostrado ser útil más allá de la discusión argumental. Aprovechando con astucia los resquicios del sistema democrático que tanto nombran como atacan, la reprobación del contrario es eficaz como arma electoral cuando comprobamos que el votante acude a la urna más en contra de una persona que a favor de una idea. Utilidad que se multiplica si además se fomenta la despreocupación del elector por el análisis intelectual y se lleva el acto de votar al ámbito emotivo. El socialismo parece pedir el voto del corazón frente al voto de la cabeza consciente de su carencia racional. Aparece entonces la pancarta, la manifestación, el grito visceral. La lucha en la calle sustituye la batalla política y el convencimiento en las ideas pierde fuerza frente a la exaltación de la imagen. El ciudadano se ve llamado a decidir entre el icono que le ofrece la izquierda y los argumentos que le ofrece la derecha, y eso si ésta no renuncia acomplejada al debate político.
EL CIUDADANO-ELECTOR
Hasta aquí, todo nos dirige a una debilidad de fundamentos que debería traducirse en falta de asiento popular. Esto es cierto a largo plazo, pero no del todo inútil a efectos prácticos en la inmediatez del ansia de poder. Bien utilizados determinados resortes la llamada al voto visceral se muestra como un camino más rápido hacia el electorado que la explicación razonada de un proyecto, sobre todo si se cuenta con el soporte mediático necesario. Y se cuenta.
Si de algo se ha preocupado la izquierda ha sido de monopolizar los altavoces necesarios para llegar al ciudadano. Utilizando los medios de comunicación como instrumento electoral, el socialismo vive en constante campaña, con independencia del ciclo democrático, convirtiendo al individuo en permanente elector. Cine, literatura, pintura, teatro, música, televisión martillean al público sin descanso en un asedio global que busca más la simpatía que la comprensión. No me comprendas, quiéreme. No me analices, vótame. Se identifica la opción política con una imagen determinada buscando la seducción y no el entendimiento, de tal forma que llegado el momento la papeleta se convierte en carta de amor y la urna en prueba de afecto.
Pero mientras llega el día de la demostración afectiva, toda una corte de intelectuales y artistas, autoproclamados como tales y erigidos en portavoces públicos sin otra legitimidad que el tamaño de sus altavoces se ocupan sin desmayo de orientar el corazoncito del ciudadano-elector en la senda del amor correcto. Cupidos por la cuenta que les trae. La cuenta corriente, por supuesto. Porque es la codicia y el deseo irrefrenable de riqueza lo que mantiene a los bufones en el castillo. Jornaleros de la cultura cautivos del subsidio artístico que conscientes de sus límites saben que solos no podrían enfrentarse al aplauso crítico. La pertenencia a la tribu y la generosa limosna del poderoso son la garantía de su fidelidad.
Una vez más se corrompe la naturaleza de la subvención y se otorga como recompensa y no como auxilio. Una vez más, el pretendido pobre obtiene los beneficios del auténtico necesitado. Una vez más, el sectarismo colectivista que ampara a todo un mundo cultural convertido en maquinaria de poder se enfrenta a la libertad del individuo y su independencia crítica. Una vez más, el intervencionismo y la demagogia populista se enfrentan a la libertad y el individuo.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Lo que escribes es exacto. Son así.

Sólo un detalle. En la batalla global de la propaganda el copar la enseñanza como tienen copada es fundamental. Eso hace que a largo plazo tengan más posibiliades de perpetuarse en el poder de lo que dices. Y créeme que en España se da la paradoja de que la mayoría de los estudiantes desprecian a los profesores pero estos a cambio han logrado que reaccionen con simpatía a quien agita la bandera de los pobres.
Memetic Warrior ha dicho que…
Inteligente, preciso, incisivo, brillante y demoledor. Te leeré mas
Anónimo ha dicho que…
Magnífico artículo, te felicito, espero que lo lea muchísima gente. Quizá te ha faltado añadir que la inmensa mayoría de los funcionarios (hablamos de bastantes miles de personas)respiran hondo cada vez que ganan los socialistas. Por contra, mientras han gobernado los populares, esos mismos funcionarios se han atrincherado y formado la "quintacolumna" de la oposición, como lo demuestra el que Rubalcaba y compañía supiesen antes que el Gonbierno de Aznar todo lo que pasó el 11-M.
Policronio.