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Castigados sin postre

Cosas de niños. Excusas para mayores.
La peor perversión de la ley del menor es precisamente que se utilice la edad como coartada para llevar al papel toda una concepción de la responsabilidad que se aleja del individuo para recaer en el difuso concepto de sociedad, realizando una imputación colectiva del delito cometido por un sujeto al que se exime de culpa. Cuando intentando comprender al verdugo se llega a una compasión que supera incluso la sentida hacia la víctima, situándose más cerca del agresor que del agredido, la virtud se convierte en ideología. Es el miedo a asumir la propia responsabilidad lo que mantiene viva la esperanza en el buen salvaje, incapaz por si mismo de concebir el mal, víctima antes que culpable. Y en el caso de los menores, la demagogia ha encontrado el campo abierto para dar rienda suelta a su fingida moralidad.
Emboscada en la falsa preocupación por los menores (los que cometen delitos, más que aquellos que los sufren) aparece una corriente de pensamiento que parte de la infracción cometida como un suceso irremediable. La víctima pertenece entonces al pasado y el autor es el único sujeto presente sobre el que actuar y al que plantear solución. El problema es que se olvida el derecho de reparación. La víctima no es un hecho cerrado en el que no hay que pensar más y su derecho a ser indemnizada es inseparable de la responsabilidad de quien le causó el daño. Por eso, quienes niegan la responsabilidad individual olvidan el derecho a ser reparado. Porque sin una no es posible el otro.
Por eso, si creemos en la libertad del individuo debemos aceptar que éste es responsable de sus actos frente a quienes sufren sus consecuencias y a partir de ahí se puede elaborar una ley del menor que matice las características especiales de su responsabilidad, pero no que la suprima. Y que no sirva de excusa para la implantación de una particular visión del derecho por parte de un sector determinado.