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La virtud colectiva

Para las ideologías colectivistas es el grupo el que confiere identidad a cada una de sus unidades. Por eso creen en una sociedad virtuosa que transmite sus valores a los individuos que la componen. Y por eso creen en una sociedad enferma que contagia el mal a sus miembros y en la que son los vicios del conjunto los que corrompen la naturaleza inmaculada del buen salvaje. La responsabilidad pasa del hombre al grupo social, que termina sustituyendo a éste como portador de derechos y obligaciones. Esta abstracción supone la perdida de la libertad individual pero es muchas veces aceptada a cambio del consuelo infantil de sentirnos exentos de responsabilidad y a causa del miedo a sentirnos culpables. La sociedad se convierte en el pelele con tripas de paja que arde en la hoguera para exorcizar nuestros males. Suya es la culpa, la responsabilidad, la corrupción. Y de ella tendrá que llegar la solución, la cura, la virtud. En el imaginario colectivo la sociedad es el monstruo que nos ataca, pero también el gigante que nos protege. Y bien que ha sabido el colectivismo aprovechar la superchería, alimentando al monstruo hasta controlar al gigante.
El Islam, su fundamentalismo, es uno de nuestros monstruos. Y es uno de los malos, uno de esos cocos que se comen a los niños. Éste se ha comido a los árabes en la pesadilla común. Se los ha zampado enteros, con sus culpas, su responsabilidad, su libertad, su individualidad. Por eso vemos terrorismo y no terroristas en Oriente Medio. Para el colectivismo no hay delincuentes, hay delincuencia. Es el monstruo el que expía los pecados del individuo y al mismo tiempo le convierte en esclavo de la abstracción colectiva porque sólo a través de ella le será posible alcanzar la virtud. Por eso para el presidente Zapatero y su Alianza de Civilizaciones, sólo la transformación del Islam, el diálogo con el monstruo, traerá la paz al mundo árabe. Esa paz que perturbó otro monstruo, más cercano, más feo, el peor de todos, Occidente. Y habrá que esperar a que los dos gigantes, sentados a la mesa, decidan que ya está bien de asustarnos y nos inunden de gracia.
Se equivoca Zapatero. Son los individuos los que construyen la sociedad en la que viven. Será su lucha por la libertad y el deseo de asumir su propia responsabilidad lo que transforme su mundo. Será la victoria en esa batalla lo que les permitirá disfrutar de derechos y libertades. Y no será ningún gigante quién les regale la virtud. Esta y no otra es la guerra que vivimos, la del individuo frente al monstruo colectivista. Y en ella estamos, o deberíamos estar.

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