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Un ángel cayó en París

Otra vez. Y aún sigue allí, aferrado a un ataúd, cobijando el cadáver con sus alas, suplicando con sus ojos bañados en lágrimas de ron añejo:

- ¡No os lo llevéis! No está muerto. ¿Acaso no veis que sólo está dormido?

Pobre ángel. Hay otoños que es mejor no bajar del cielo y esperar que caigan las hojas mientras ahogas las penas en tu apellido.

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