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Huir del Paraíso*

Diez hombres, una balsa, noventa millas y un bombín de bicicleta. Son los duendes de un cuento que duró diez días hasta encontrar su propia moraleja en las playas de Miami, ayer al amanecer, mientras las chicas de oro buceaban en la nevera en busca del desayuno. Diez días remando en el Caribe sobre cuatro tablas y ocho neumáticos. Para eso el bombín. Para inflar la esperanza de la libertad cada nueve millas. Para que los tiburones no dejasen las raspas de sus sueños junto a los doblones hundidos de Barbanegra y el casco sin devolver de una botella de ron.
No, estos no son los cuentos que Tambor le cuenta a Bambi mientras negocian libertades en el bosque. Al cervatillo le asustan los tiburones, y el viejo conejo prefiere arrullarle con maravillosas historias de palmeras y arena tostada, de espadachines en guayabera y hadas en bikini. Aventuras de piratas con pata de palo, garfio de oro y acento tejano que sueñan con arrebatarle la Perla del Caribe.
La Perla del Caribe. Cada vez que llegan a esta parte del cuento, Bambi cierra los ojos y sueña con su brillo. ¡La Perla del Caribe!

    - ¿Y cómo es, Tambor? ¿Cómo es la Perla? ¿Me dejarás algún día que la vea?
    - Puede que sí, pequeño. Puede que sí.

No es verdad. No dejará que nadie la vea. Hasta el viejo conejo sabe que la Perla dejó de brillar hace ya cuarenta años. Desde entonces la esconde en un cajón y la saca cada mañana para fregarla con un pañuelo ensangrentado hasta dejarla manchada de rojo. Pero a Bambi y al resto de cervatillos les sigue haciendo ilusión la historia y todavía le bailan piruetas para que se la vuelva a contar.

    - ¡Otra vez! Cuéntala otra vez

Y otra vez la cuenta. Así, hasta que un tropezón más grande que otro le haga rodar las escaleras del palacio que el conejo pirata se construyó en la isla cuando se comió el tesoro y la Perla se le escape entre los dedos. Mientras tanto, Bambi seguirá soñando con un paraíso donde las putas son princesas, los mendigos son licenciados y los presos salen de la cárcel por la puerta del hospital. Un paraíso donde los periódicos no cuenten historias como ésta:


Nov. 30, 2004
El Nuevo Herald

Diez inmigrantes cubanos pisaron tierra firme ayer por la mañana tras permanecer náufragos por 10 días en una balsa hecha a mano.
Luego del largo trayecto, uno de ellos se puso a cantar una ranchera a los reporteros cuando el resto del grupo le recordó que había prometido cantar en alto cuando llegara vivo a la costa.
Según el sargento de la Policía de Fort Lauderdale, Andy Pallen, la balsa era un flotador compuesto por unos tablones de madera a lo ancho, sostenidos a lo largo por una serie de tubos y pedazos de espuma de estireno envueltos en una especie de neumático que los mantenía a flote.
"Algo muy curioso es que los balseros traían a bordo una bomba de bicicleta para mantener los neumáticos inflados"


* Me supo a poco.

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