Guerra en el cementerio

Esta guerra, la de los nietos, empieza donde la dejaron los abuelos. En las cunetas de una carretera sin mojones. Allí empezaron a ponerle nombre a los muertos, a ponerle apellido a la historia, a pasar por el cedazo la tierra seca de una fosa común. Separando a los rojos de los gualdas. A los buenos de los malos. A mis muertos de tus muertos, no sea que luego el insulto se equivoque de letrina y suelte el vientre sobre los huesos de mi apellido. Y al borde de esa cuneta estamos los nietos, los vivos, buscándole matices al verde de los cipreses, que si el mío es verde oliva, que si el tuyo es verde botella, que si el suyo es verde limón, mientras los más gallitos discuten quién la tiene más larga, si mi abuelo que era maestro o tu tío que iba para cura. La tibia, digo.
Y puestos a amortizar la pala, ahora toca repartirse los muertos del terrorismo, sacarlos a empujones del nicho común de nuestra memoria para que los forenses determinen el ADN político de sus muelas. Como los entrenadores en la pachanga de los jueves, las viudas reparten los petos en el cementerio y dividen los cadáveres en equipos.

    - Míster, ¿yo con quién voy?
    - Con los azules, chaval, que a ti te trajeron en Audi

Pues nada chaval, con los azules. A ganarte las velas y a dejarte los huesos en el camposanto, mientras en las gradas te animan aquellos que nunca te olvidarán.
Que por ahora juegan los muertos.
Hasta que nos pasen el balón a los vivos.
Y se líe el follón en la tribuna.

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