Ochocientas. O mil, como el chiste de González. Una a una, que es como se cuentan las gotas y las lágrimas, son muchas. Incluso para los que dejaron los semáforos sin pañuelos y se fueron a casa esperando ver morir diez mil veces a Debra Winger desde el sofá. Me gustan de llorar.
A mí no.

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