Guardiola

Caminaba por la misma senda, en el mismo parque, en dirección contraria acercándose a mí: un paisano con una correa en la mano. Bajé el ritmo buscando al perro, imaginando la fiera: más rápida, con más dientes, más asustada que yo. Ni un bocado le duro.

No veía al animal por ningún lado cuando, a punto de cruzarnos, el hombre se paró.

-Quillo, sal de ahí -ordenó.

De los matorrales salió un caniche que se pegó a sus pies mientras yo acelaraba el paso para dejarlos atrás. No volví la cabeza.

Regresé a casa haciendo votos por un parque libre, (¡independiente!) sin mascotas, pequeño pero mío (¡nuestro!). Y con un campanario, por qué no. Esa mañana desayuné zumo de naranja, pan con aceite y tomate y un café con leche.