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La educación inútil

Uno de los efectos más perniciosos que el miedo a la diferencia provoca en la izquierda es la confusión entre igualdad de oportunidades y uniformidad de resultados. Y uno de los campos donde más se ha sembrado la semilla de la generalización totalitaria es el educativo.
En una sociedad libre y democrática, la calidad de la educación es el principal instrumento en manos del individuo para satisfacer su aspiración legítima de mejorar cultural, social y económicamente frente a los deseos del poder establecido por mantenerse en él. La valoración intelectual garantiza, frente a otros criterios históricamente empleados como la sangre o el patrimonio, la igualdad necesaria para el desarrollo libre de la persona. Para ello, es necesario garantizar tanto la accesibilidad como la calidad en la adquisición de conocimientos y ambos aspectos deberían ser inseparables en el sistema educativo. De nada vale la generalización de la enseñanza si sus deficiencias cualitativas anulan su valor para el progreso de la persona.

Un aprobado cada ocho horas.
Sin embargo, el camino que la educación vuelve a tomar en nuestro país se aleja de la preocupación por los contenidos y se adentra en un discurso fácil y engañoso que pretende ofrecer el saber, que no su enseñanza, como un regalo del cielo del que nos empapamos con el único requisito de asomarse a la calle sin paraguas. El gobierno socialista tiende a confundir el derecho a estudiar con el deber de aprobar y con ello vacía de contenido la función reguladora del ascenso social que la educación debería cumplir, precisamente en beneficio de los más desfavorecidos. Trata la ignorancia como una enfermedad y considera el aprobado una vacuna preventiva, de tal modo que el avance en el proceso escolar es previo a la adquisición de conocimientos. Primero se aprueba y después, si acaso, se aprende.

Mi niño también es Mozart
Pero la administración no camina sola en este camino. La mayoría de las organizaciones estudiantiles, un sector del profesorado y la complacencia de muchos padres colaboran en el despropósito. Las primeras, más preocupadas por la asociación que por los asociados, se han constituido en grupos de presión política y protesta permanente como forma de subsistencia. Los segundos, por su sectarismo ideológico no carente de interés particular y arribismo profesional. Y los terceros, despreocupados por la educación de sus hijos, se han convertido en presa fácil de la demagogia populista que ofrece los títulos a precio de saldo.

Una vez más, el intervencionismo
Y junto a la falta de calidad, el ataque a la libertad. Consciente de su valor estratégico, la izquierda se ha esforzado históricamente en el control de la enseñanza buscando ejercer de actor directo en la tarea de transmitir el conocimiento. Desde el sectarismo y la ideología, se lleva a la escuela la batalla política. Buscando la homogeneidad, se ataca la libertad de elección en el ámbito educativo restringiendo las alternativas al modelo que la administración considera correcto. Se pretende un único modelo educativo porque se aspira a un único modelo de persona y para ello se manipulan contenidos, se orienta al alumno en la dirección deseada y se anula al diferente consagrando la enseñanza al avance colectivo uniforme. Si además añadimos el control que los distintos nacionalismos ejercen sobre sus competencias en materia de educación, punta de lanza de su proyecto político, el panorama que encontramos es desolador en uno de los elementos más importantes para el fortalecimiento libre y democrático de una sociedad.
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